Le preguntó cuándo iba a poder respirar ella.
Mauricio no respondió.
Dijo que se quedaría con un amigo durante unas semanas.
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Quizá dos.
Tal vez tres.
Después tomó la maleta y salió.
Esa misma madrugada, Mariana entendió lo que significaba estar sola de verdad.
Sofía llegó a tener casi 40 grados de fiebre.
A las 2 de la mañana vomitó encima de ella.
Mariana terminó en el piso del baño sosteniendo a su hija mientras la bebé lloraba contra su pecho.
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Intentó llamar a Mauricio.
Una vez.
Después otra.
No contestó.
Le escribió que Sofía estaba empeorando y que necesitaba que regresara.
La respuesta llegó horas después.
No era una pregunta sobre sus hijas.
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No era una promesa de volver.
Era una repetición de que necesitaba espacio.
Mariana guardó una captura de pantalla.
En ese momento no sabía por qué lo hacía.
Tal vez porque necesitaba recordar que no estaba imaginando lo ocurrido.
Tal vez porque una parte de ella ya entendía que algún día tendría que mirar esa noche de frente.
Durante los días siguientes, ella siguió cuidando a Emilia y Sofía.
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No tuvo tiempo para discutir.
No tuvo energía para perseguir respuestas.