Por orden judicial, las niñas quedaron bajo protección temporal y mi casa fue autorizada como residencia provisional mientras se resolvía el proceso.
Pensé que lo difícil había terminado.
Me equivoqué.
En mi casa había habitaciones enormes, comida suficiente y personal médico.
Pero Alma escondía pan debajo de su almohada.
Renata corría al clóset cada vez que escuchaba una puerta cerrarse fuerte.
Una noche se fue la electricidad durante una tormenta.
Encontré a ambas abrazadas en una esquina.
No sabía cómo tranquilizarlas.
Así que apunté una linterna contra la pared y formé con mis manos la sombra más ridícula que pude.
—Este es un conejo muy valiente —dije—. Parece pequeño, pero nadie toca a su hermanita cuando él está cerca.
Renata dejó de llorar.
Alma sonrió por primera vez.
Días después construimos juntos una pequeña casa de madera en el jardín.
Alma volcó accidentalmente un bote de pintura blanca sobre mis zapatos.
Se quedó paralizada.
Cerró los ojos.
Esperaba que la golpeara.
Aquello me destrozó más que cualquier fotografía del expediente.
Metí un dedo en la pintura y le marqué la nariz.