—No puedes decidirlo así.
—Lo decidiste tú cuando esperaste a que estuviera dando a luz para instalar a tu mamá en mi casa.
—Piensa en las niñas.
Valeria soltó una risa triste.
—Eso estoy haciendo.
Emma comenzó a llorar desde el cuarto.
Valeria fue por ella.
Regresó con una bebé en cada brazo.
—Míralas, Diego. Ni siquiera llevaban un día en casa cuando decidiste que su comida era problema mío.
—Yo iba a mantenerlas.
—No. Querías controlarme. No es lo mismo.
Diego se dejó caer en una silla.
—¿Qué quieres que haga?
—Hoy quiero que tu mamá retire sus cosas. Y quiero que tú te vayas con ella por decisión propia mientras resolvemos la separación.
—¿Y si no quiero?
Mateo respondió antes que nadie.
—Entonces no habrá amenazas ni golpes ni escenas. Haremos todo mediante abogados y las autoridades correspondientes. Pero después de lo que acabas de escuchar, pregúntate si realmente quieres convertir esto en una guerra frente a tus hijas.
Diego miró las cunas.
Luego a Patricia.
Su madre parecía furiosa.
—Maxim… —empezó ella por costumbre y se corrigió nerviosa—. Diego, no podemos permitir…
—Mamá, basta.