Volví del hospital con mis gemelas recién nacidas y encontré un segundo refrigerador en mi cocina.-aurelle

—El departamento es exclusivamente tuyo. Lo compraste antes del matrimonio. Sobre Diego, cualquier separación se hará legalmente y sin improvisaciones. Pero tu suegra no tiene ninguna autorización para instalarse aquí.

—No quiero escándalos —dijo Valeria—. Solo quiero recuperar mi casa.

Ernesto asintió.

—Entonces nadie va a gritar.

A las seis cuarenta y cinco escucharon abrirse la puerta del dormitorio.

Diego salió despeinado, caminó hacia la cocina y encendió la luz.

Se quedó inmóvil.

Tres hombres estaban sentados a la mesa.

Las escrituras del departamento estaban abiertas frente a ellos.

Valeria, de pie junto a la ventana, sostenía a Sofía en brazos.

Diego palideció.

—¿Qué… qué hacen ustedes aquí?

Ernesto se levantó lentamente.

—Buenos días, yerno.

Señaló la silla vacía frente a él.

—Siéntate. Tenemos que hablar de la casa que creías que ya controlabas.

Y justo entonces Patricia abrió la puerta del dormitorio.

Lo que estaba a punto de salir a la luz iba a terminar con aquel matrimonio para siempre.

PARTE 3

Patricia apareció usando su bata color vino y tardó apenas un segundo en entender que algo iba mal.

—¿Quiénes son estos hombres?

Adrián se puso de pie.

Patricia retrocedió.

Ernesto ni siquiera elevó la voz.

—Soy Ernesto Salgado, padre de Valeria. Ellos son sus hermanos.

—¿Y qué hacen aquí a estas horas?

—Visitando a mi hija. En el departamento de mi hija.

Mateo deslizó las escrituras sobre la mesa.

Patricia frunció el ceño.

Diego intentó reaccionar.

—A ver, todos tranquilos. Este también es mi hogar.

—Nadie está diciendo lo contrario —respondió Mateo—. Pero jurídicamente el inmueble pertenece a Valeria porque lo adquirió antes del matrimonio. Si ustedes van a separarse, todo se hará por la vía correspondiente. Y su mamá, Diego, no puede simplemente mudarse aquí sin consentimiento de la propietaria.

Patricia apuntó hacia Valeria.

—¡Yo vine a ayudarla!

Valeria sostuvo su mirada.

—¿Ayudarme?

Sacó el teléfono.

—¿Quieres que lea tus mensajes?

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