“¿Adónde va a ir con dos bebés?”
Valeria sonrió.
No había tenido que irse a ninguna parte.
La casa siempre había sido suya.
Lo que había necesitado recuperar no era el departamento.
Era su voz.
Se levantó, caminó hacia las cunas y acomodó las cobijas.
—Duerman, mis niñas.
Sofía respiraba profundamente.
Emma abrazaba un pequeño conejo de tela.
Valeria las besó en la frente.
Quería enseñarles muchas cosas cuando crecieran.
A estudiar.
A trabajar.
A elegir bien.
A reconocer el cariño verdadero.
Pero, sobre todo, quería enseñarles algo que ella había aprendido de la peor manera:
que formar una familia no significa renunciar a la dignidad.
Que amar a alguien no obliga a aceptar humillaciones.
Que tener hijos no convierte a una mujer en prisionera.
Y que quien intenta hacerte sentir huésped en tu propia casa no merece quedarse en ella.
Valeria regresó a la cocina y abrió la laptop.
Todavía tenía trabajo pendiente.
Estaba agotada.
No era el final perfecto de un cuento.
Era mejor.
Era real.