Pero la libertad no llegó acompañada de música, viajes ni una vida perfecta.
Llegó con pañales.
Con cuentas.
Con noches de dos horas de sueño.
Con Valeria trabajando desde la computadora cuando las niñas se dormían.
Con comidas recalentadas y café frío.
Hubo días en que lloraba encerrada en el baño porque Sofía llevaba una hora gritando y Emma comenzaba justo cuando su hermana finalmente se calmaba.
Su padre llamaba cada semana.
—Voy por ti y por las niñas.
—No, papá. Estoy aprendiendo.
—Pedir ayuda también es aprender.
A veces Valeria aceptaba.
Otras veces no.
Su empresa le permitió continuar a distancia y, poco a poco, recuperó proyectos. Diego cumplía con la pensión porque finalmente se ordenó el descuento correspondiente de su nómina.
No era una vida cómoda.
Pero era suya.
Patricia, en cambio, no aceptó perder el control con tanta facilidad.
Tres meses después del divorcio, dos trabajadoras del DIF tocaron la puerta.
Habían recibido un reporte indicando que las niñas vivían “en abandono” porque su madre trabajaba.
Valeria sintió que la sangre le hervía.
Aun así las dejó entrar.