—Sé quién eres, Adrian.
—Entonces ¿por qué nunca dijiste nada?
Me reí sin humor.
—¿Durante qué momento exactamente? ¿En mi entrevista? “Hola, soy Elena, y hace siete años estuve comprometida con su hermano muerto”.
Su mandíbula se tensó.
—Nathan jamás habló de ti.
Eso sí me dolió.
—Tal vez porque llevaba años sin hablar contigo.
Adrian apartó la mirada.
Había tocado una herida.
—¿Cuándo lo conociste?
—En Boston. Yo tenía veinticinco años. Él utilizaba el apellido de nuestra madre.
—Blackwood.
Asentí.
—Para mí era Nathan Blackwood. No Nathan Kane, heredero de una fortuna.
Adrian se sentó lentamente.
—Eso explica por qué nunca apareciste en ninguna investigación.
—¿Investigación?
Se quedó quieto.
—Después de su muerte hubo preguntas.
—Fue un accidente automovilístico.
Adrian no respondió.
Y ese silencio cambió algo dentro de mí.
—Fue un accidente, ¿verdad?
Antes de que contestara, Mia apareció junto a nosotros.