Sus ojos se movieron apenas hacia la puerta.
—Papeles. Recibos. Cosas viejas.
—¿Terrenos?
Mauricio se quedó inmóvil.
Fue suficiente.
Valeria dejó de caminar en el pasillo.
Beatriz apareció detrás de ella.
—¿Qué terrenos? —preguntó Valeria.
Mauricio me sostuvo la mirada.
—No sé de qué hablas.
Saqué mi celular.
—Qué raro. Porque mamá dejó escrito que preguntaste por ellos hace ocho meses.
Beatriz miró a su hijo.
No a mí.
A él.
—Mauricio…
—Eso no significa nada —dijo rápidamente—. Rosa mencionó una vez que tenían unas propiedades y yo sólo pregunté porque quería ayudar.
—¿Ayudarla con qué?
—Con administrarlas.
—Ella estaba viva. Podías preguntarle a ella.
—Era una señora enferma.
—Hace ocho meses todavía no sabíamos qué tan rápido iba a avanzar su enfermedad.
Mauricio apretó la mandíbula.
Valeria intervino.
—A ver, aunque existan esos terrenos, ¿qué tiene? Eres su esposo. Obviamente ibas a enterarte.
La frase me dio la respuesta que necesitaba sin que ella lo supiera.
Para esa familia, casarse conmigo significaba que nada podía ser solamente mío.
Ni una cadena.
Ni un anillo.
Ni mi tiempo.
Ni siquiera lo que mi madre hubiera decidido dejarme.
—No encontró nada —dijo Mauricio mirando a Valeria.
Entonces entendí algo más.