No hubo promesas espectaculares.
No hubo un discurso sobre sesenta y ocho millones de pesos.
Sólo una instrucción práctica que mamá, de alguna manera, ya había anticipado: conservar el control de sus papeles hasta comprenderlos.
Cuando colgué, vi diecisiete llamadas perdidas.
Nueve eran de Mauricio.
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Cinco de Valeria.
Tres de Beatriz.
También había mensajes.
El primero de Mauricio decía: “¿Dónde estás?”
Luego: “Ya estuvo bueno.”
Después: “Regresa a la casa.”
Más tarde cambió el tono.
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“Tenemos que hablar.”
Y finalmente llegó uno que me hizo levantar la vista de inmediato.
“¿Estás en el departamento de tu mamá?”
No respondí.
No había forma de saber si sólo estaba adivinando.
Pero ya no podía tratar cada coincidencia como si fuera inocente.
Metí los documentos más importantes en una bolsa que mamá guardaba con sus manteles y dejé el resto exactamente donde estaba.
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La carpeta gruesa ya no parecía una fortuna.
Parecía una puerta.
Y yo tenía la llave.
Dormí poco.
A la mañana siguiente regresé a San Pedro únicamente por mis cosas.
No por mi matrimonio.
No por una explicación.
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Por mis cosas.
Cuando abrí la puerta, Beatriz estaba sentada en el comedor y Valeria caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados.
Mauricio salió del pasillo.
Los tres parecían haber estado esperando.
—¿Dónde estabas? —preguntó él.