—Se la pedí —dijo.
Tomé la cadena.
—Gracias.
—También puedo devolverte el anillo.
—Quédate con él.
—Era tuyo.
—Lo necesitaba cuando mi mamá estaba viva.
Mauricio bajó la vista.
Por primera vez no intentó explicarme por qué yo estaba equivocada.
—Lucía, no sabía que todo iba a terminar así.
—Yo tampoco.
—Podemos empezar de nuevo.
Guardé la cadena en mi bolsa.
—¿Por qué ahora?
—Porque entendí que te vas en serio.
—Eso no responde la pregunta.
Se sentó en la orilla de la cama.
—No quiero perderte.
Lo observé y sentí algo que me habría parecido imposible una semana antes.
No satisfacción.
No triunfo.
Distancia.
El hombre frente a mí era el mismo que había permanecido en un sofá mientras su hermana me golpeaba después del funeral de mi madre.
El mismo que no se levantó.
El mismo que había sabido decirle “cállate” a Valeria cuando había millones de pesos de por medio.
Entonces comprendí que no necesitaba descubrir cada pensamiento que Mauricio había tenido durante nuestro matrimonio.
Ya conocía las decisiones que había tomado.
Y las decisiones eran suficientes.
—Por favor —dijo.
Ahí estaba.
La palabra que yo había usado tantas veces.
Por favor, déjame ir al hospital.
Por favor, devuélveme la cadena.
Por favor, necesito el anillo.