Ramira y Méndez la miraron.
La niña pasó variashojas hasta encontrar una lista de personas que conocía cuando era pequeña.
Algunos nombres estaban completos.
Otros eran apenas letras.
Uno aparecía junto a la misma inicial usada después del crimen.
Ramira reconoció la relación de inmediato.
No era un desconocido que pasaba por casualidad.
El testigo había tenido un vínculo previo con alguien relacionado con la casa.
Méndez volvió al expediente.
Ese dato no figuraba en la parte principal de su declaración.
La credibilidad del hombre acababa de recibir otro golpe.
Durante las horas siguientes se revisaron fechas, páginas y versiones.
No apareció una confesión milagrosa.
No apareció una grabación escondida.
No apareció un documento capaz de resolver todo en una sola línea.
Lo que apareció fue más incómodo.
Una sucesión de pequeñas inconsistencias que, juntas, demostraban que el caso nunca había sido tan simple como parecía.
La hora del supuesto avistamiento no encajaba bien con el recuerdo escritopor Salomé.
La descripción de la ropa había cambiado.
El testigo había ampliado su relato después.
Y, además, había buscado a la niña cuando Ramira ya estaba detenida.
Méndez cerró la última carpeta.
—Esto es suficiente para que la versión original tenga que volver a examinarse.
Ramira se llevó una mano al pecho.
—¿Me van a sacar de aquí?
—No puedo prometerte eso.
Ella bajó la mirada.
—Entonces todavía puedo morir siendo inocente.
Méndez tardó un momento en contestar.
—Hoy no.
Ramira lo miró.