No prometió absolución.
Solo hizo algo que nadie había hecho en cinco años.
Detuvo el proceso.
Horas después, Ramira seguía en la misma sala.
Las esposas continuaban en sus muñecas.
La puerta seguía custodiada.
Nada parecía haber cambiado y, sin embargo, todo era distinto.
Ya no estaban contando las horas para el final.
Ahora estaban reconstruyendo una noche.
Méndez regresó con una copia de un registro antiguo.
—Encontramos algo más.
Ramira levantó la vista.
—¿Qué?
—El testigo no informó en su primera declaración que conocía a alguien de la casa.
—¿A quién?
Méndez pasó una hoja.
—Eso todavía tenemos que establecerlo con certeza.
Ramira apretó la mandíbula.
—Otra vez estamos igual.
—No. Antes teníamos una historia cerrada. Ahora tenemos preguntas verificables.
Salomé señaló una página del cuaderno.
—Yo escribí un nombre una vez.