Unos meses después finalmente dejé el trabajo que ya no me hacía feliz.
Esta vez Michael sonrió y dijo:
—Bien. Descansa un poco. Después decide qué quieres hacer.
Yo también sonreí.
—¿Y qué pasa si decido que nunca más quiero trabajar?
Se echó a reír.
—Ahora esa decisión es tuya.
Y quizá eso era precisamente lo que había intentado darme durante todos aquellos años, aunque lo hubiera hecho de la peor manera posible.
La posibilidad de elegir.