—Eso era de mi padre.
—Sí —dijo Mariana—. Y aquí está el problema.
Abrió un documento.
—La cuenta nunca fue cerrada.
Valeria sintió que el corazón se le detenía.
—Eso es imposible.
—No.
Mariana señaló la pantalla.
—Tu padre dejó una cuenta de contingencia. Y alguien ha estado utilizándola durante los últimos diez meses.
Valeria miró a Mauricio.
—¿Tú sabías esto?
Él negó con la cabeza.
—No.
Por primera vez, parecía verdaderamente asustado.
Entonces se abrió la puerta.
Un hombre mayor entró en la sala.
Valeria lo reconoció inmediatamente.
Era Arturo Salgado.
El antiguo abogado de su padre.
El hombre que no había visto desde el funeral.
Arturo dejó un sobre sobre la mesa.
—Tu padre me pidió que te entregara esto cuando llegara el momento.
Valeria lo miró.
—¿Qué momento?
Arturo respondió:
—Cuando Mauricio intentara quitarte el control de la empresa.
Mauricio se levantó.
—Eso es absurdo.
Arturo lo miró.
—Eduardo sabía que algún día intentarías hacerlo.
Abrió el sobre.
Dentro había una carta.
La letra de su padre.