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Su padre había sido un hombre sencillo, alguien que había trabajado durante años como mecánico y que nunca había hablado de grandes negocios ni de patrimonios familiares. Para Inés, esa parte de su vida parecía completamente separada del mundo de Salvatierra Gourmet.
Pero aquel nombre estaba ahí.
Beatriz intentó mantener la calma. Dijo que no era lo que parecía y que había detalles que Inés desconocía. Pero esa explicación ya no tenía el mismo efecto que antes.
Durante cuatro meses, mientras Álvaro viajaba entre Bruselas y París para cerrar el mayor acuerdo de distribución de la historia de la empresa, Beatriz había tomado decisiones dentro de la finca.
Había llegado con la excusa de acompañar a Inés durante el embarazo. Después, poco a poco, había apartado empleados, limitado accesos y comenzado a controlar asuntos que antes no estaban bajo su responsabilidad.