—Por cierto… ¿Daniela no dejó con usted la memoria donde guardaba su firma electrónica y unos documentos personales?
Ahí entendió.
No estaba preguntando por preocupación.
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Estaba buscando algo.
Días antes, Daniela le había entregado esa memoria con las manos temblando.
—Mamá, guárdala. No sé por qué, pero no quiero tenerla en esa casa.
Elena abrió el cajón donde la había guardado.
Junto a la memoria encontró un estado de cuenta que su hija había descubierto.
Los Salgado no solamente la habían herido con palabras.
Habían preparado algo más grande.
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Algo que podía poner en riesgo su futuro.
Esa noche, cuando todo parecía haber llegado al límite, apareció un mensaje nuevo.
Era Daniela.
“Mamá, ¿podemos vernos mañana? Encontré algo y tengo miedo”.
Elena cerró los ojos.
Durante meses había intentado evitar una confrontación directa.
Pero ya no era posible.
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Al día siguiente, antes de que saliera el sol, Daniela llegó a verla.
Traía la memoria y varios documentos doblados dentro de una carpeta sencilla.
Sus manos todavía temblaban.
Pero esta vez no era solamente miedo.
Era la decisión de dejar de guardar silencio.