Valeria había visto a su madre llorar, a su padre mirar el piso, a Diego sostener la mano de Renata y a una mujer rezar por alguien que respiraba a menos de cuatro metros.
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—¿Para qué era la placa? —preguntó Valeria.
Diego tardó demasiado en responder.
Renata y su familia habían hablado de hacer una pequeña reunión antes de la boda para recordar a familiares fallecidos, y su madre decidió que ya no podía seguir evitando mostrar algo relacionado con la hermana muerta que había mencionado durante tantos años.
La solución fue mandar hacer una placa.
No una fotografía.
No un álbum.
Una piedra.
Las fechas eran especialmente crueles porque convertían el año de la crisis de Valeria en el año de su muerte, como si haber necesitado ayuda médica hubiera sido el punto exacto en que su familia decidió que resultaba más fácil explicar su ausencia que reconocer su existencia.
—¿Quién escogió 2016? —preguntó.
Diego no respondió inmediatamente.
—Mamá.
Valeria cerró la libreta.
Aquello era la segunda verdad que necesitaba conocer, porque durante toda la noche había imaginado que quizá las fechas habían salido de una confusión de Renata o de algún dato mal entendido, pero no: su propia madre había elegido el año en que debía terminar oficialmente la vida de su hija.
—¿Y papá?