—Guárdala tú.
A las 7:13 de la mañana comenzó a sonar el teléfono.
Primero fue su madre.
Después su padre.
Luego Diego.
Su madre llamó 6 veces antes de mandar un mensaje: Necesitamos hablar antes de que hagas algo impulsivo.
Valeria leyó la frase dos veces porque durante años había obedecido precisamente para que nadie pudiera llamarla impulsiva, difícil, inestable o incapaz de controlar sus emociones.
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Esta vez no respondió.
Diego escribió veinte minutos después: Renata sabe que pasó algo.
Valeria sintió un cansancio distinto al miedo.
No preguntó qué sabía Renata.
No preguntó qué explicación estaban preparando.
No preguntó cómo pensaban arreglarlo.
Apagó las notificaciones y comenzó a trabajar.
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A las nueve ya estaba revisando una fila de cítricos jóvenes cuando vio a Diego entrando al vivero, solo, con la misma expresión que había tenido durante años cada vez que ella aparecía en un momento en que supuestamente no debía estar.
Elena lo vio también, pero no intervino.
Valeria dejó las tijeras de poda sobre la mesa y esperó a que su hermano se acercara.
—Mamá está desesperada —dijo Diego.