—Mira eso.
Valeria recordó la línea verde que había visto cuando tenía 19 años y la frase que había cargado durante tanto tiempo sin saber por qué seguía regresando a ella.
Mientras haya verde, todavía hay vida.
Esta vez no necesitó convertirla en una lección.
Sólo siguió podando.
En su nuevo departamento, las medicinas se quedaron en el baño, la correspondencia llegó con su nombre completo y las llaves permanecieron donde ella decidía dejarlas.
Nadie retiraba su cepillo cuando venían visitas.
Nadie movía su coche.
Nadie cerraba una puerta para esconder la evidencia de que vivía ahí.
Una noche abrió la libreta amarilla por última vez y recorrió las fechas desde aquella primera orden de salir antes de las 11 hasta la marca número 187.
Después pegó junto al programa funerario una copia del recibo de su nueva renta, tomó una pluma y escribió una sola línea debajo del último número.
188 no ocurrió.
Valeria cerró la libreta, guardó sus llaves encima de la portada amarilla y apagó la luz.