Su madre miró el papel.
—No quería preguntas.
—¿Y la placa?
No hubo respuesta rápida.
—Necesitábamos algo que enseñarles.
Valeria sintió que esa frase era peor que cualquier grito, porque revelaba que la placa no había sido un gesto sentimental ni una mala decisión tomada bajo presión, sino una herramienta práctica para hacer creíble la historia que llevaban años contando.
—Entonces no fue que la mentira se les saliera de control —dijo—. La siguieron cuidando.
Su madre empezó a llorar.
Valeria no la abrazó.
Tampoco la humilló.
Sólo le explicó lo que iba a pasar a partir de ese día: dejaría de pagar los 4,500 pesos mensuales, cambiaría la dirección de su correspondencia, recogería el resto de sus cosas cuando sus padres no estuvieran y nadie volvería a cerrar su habitación para fingir que nunca había vivido ahí.
—Esa también es tu casa —dijo su madre.
Valeria miró la libreta.
—Sólo cuando no había visitas.
Tres días después, Renata llegó al vivero.
Venía sola.