—Anoche aceptaste irte y dejaste la llave.
—Porque mi papá me presionó enfrente de todos.
—La dejaste tú.
Eso le molestó más que cualquier insulto.
Porque era verdad.
Durante unos segundos miró hacia el lugar de la mesa donde había soltado la llave.
—Necesito mis cosas.
—Puedes recogerlas con calma. Acordamos una hora y Paula estará aquí.
—No necesito supervisión para entrar a mi propia casa.
—No es supervisión. Es un límite.
Se levantó.
Pensé que se marcharía, pero antes volvió a mirar la tableta.
—Daniela no sabe toda la historia.
—Yo tampoco la sabía. Ese es el problema.