No.
Aquello dolió de otra manera.
Abril no era una víctima inocente en toda la historia.
Había aceptado el dinero de Valeria, había utilizado tarjetas de su empresa, había participado en las burlas y había guardado silencio al descubrir algo que debía haberle parecido extraño.
—¿Por qué? —preguntó Valeria.
Abril se quedó mirando sus manos.
—Porque toda mi vida aprendí que era más fácil estar del lado de Julián que estar en su contra.
Valeria recordó el apodo.
—También me llamabas la incubadora millonaria.
Abril cerró los ojos.
—Sí.
No ofreció una excusa.
—Eso también lo hice yo.
Valeria pudo haber utilizado aquella confesión para humillarla.
No lo hizo.
—Yo también tengo algo quedecirte sin excusas —respondió—. Sabía que la escalera estaba engrasada cuando te llamé.
Abril la miró.
—Ya lo sé.
—Pude advertirte.
—Sí.
—Y no lo hice.
Abril tardó varios segundos en responder.
—Cuando iba subiendo pensé que de verdad existía esa bolsa.
Valeria sintió vergüenza.
—Nunca existió.
Abril soltó aire por la nariz, casi una risa, pero terminó haciendo una mueca de dolor.
—Claro que no.
No se perdonaron esa tarde.
No se abrazaron.
No fingieron que una confesión podía borrar años de desprecio ni una caída provocada por una decisión terrible.
Pero Abril aceptó contar todo lo que recordaba sobre la muerte de su padre y sobre los documentos que había ayudado a entregar a Julián.
Valeria, por su parte, se negó a ocultar que había utilizado a Abril como señuelo.
Cuando Graciela supo que su hija estaba hablando, pidió verla.
Abril se negó.