—Elena —dijo finalmente—, ¿cuándo nació?
—Hace cuatro meses.
La mujer cerró los ojos.
Parecía aterrada.
—Entonces es imposible.
Adrián se puso de pie.
—¿Qué es imposible?
Ella abrió la carpeta negra.
Sacó una fotografía antigua.
La dejó sobre la mesa.
Yo miré la imagen.
Era una fotografía de Adrián cuando tenía unos seis años.
A su lado había una niña pequeña.
Una niña con los mismos ojos grises de Rose.
Mi respiración se detuvo.
—¿Quién es ella? —pregunté.
La madre de Adrián me miró.
—Mi hija.
Adrián palideció.
—Mamá…
—Tu hermana.
La sala quedó en silencio.
—Eso no puede ser —dijo Adrián.
—Nunca te dije la verdad porque tu padre me obligó a mantenerla en secreto.
Me quedé mirando la fotografía.
—¿Por qué?
La mujer apretó la carpeta contra su pecho.
—Porque aquella niña desapareció hace veintiocho años.
Adrián retrocedió.
—¿Desapareció?
Su madre asintió.
—Y nunca encontramos su cuerpo.
Miró nuevamente a Rose.
Entonces dijo algo que hizo que se me helara la sangre:
—Pero esos ojos…
Se llevó una mano a la boca.
—Esos ojos pertenecen a nuestra familia.
Yo miré a mi hija.