Llegué al funeral de un cliente y reconocí enseguida al hombre que llevaba tres meses diciéndome que estaba en el extranjero: era mi esposo, con una flor blanca y presentado ante todos como el futuro marido de otra mujer. “No es lo que parece”, murmuró. Yo solo sonreí, guardé el teléfono con nuestras conversaciones y esperé, porque al día siguiente serían ellos quienes vendrían a acusarme públicamente.

—¿Entonces qué quieres que haga?

La pregunta me sorprendió.

—Nada.

—Dame una oportunidad para arreglarlo.

—Ya te la di.

—¿Cuándo?

—Cuando mi papá estaba muriendo.

Mauricio se quedó inmóvil.

—Aquella noche te pedí una sola cosa: ven a despedirte de él. No te pedí dinero. No te pedí que lo salvaras. Solo te pedí que estuvieras conmigo.

Tragó saliva.

—No entendí lo grave que era.

—Te dije que podía morir esa noche.

No respondió.

—¿Recuerdas qué dijiste?

Bajó la cabeza.

—Mariana…

—Dijiste: “No soy médico. ¿De qué sirve que vuelva?”

Comenzó a llorar.

Yo no.

—Mi padre murió unas horas después. Y yo le dije que tú venías en camino porque no quería que se fuera creyendo que habías dejado de quererme.

Mauricio se cubrió el rostro.

—Perdóname.

—Te perdoné demasiadas veces sin que siquiera me pidieras perdón.

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