Pero sus lágrimas llegaron un año tarde.
Me levanté.
—Si no firmas, mi abogado continuará por la vía correspondiente.
Arturo intentó detenerme.
—¿Y el proyecto?
Lo miré.
—Entregaré toda la documentación profesional. Pero también presentaré un informe interno sobre lo ocurrido. No pienso aceptar que se utilice una acusación falsa para obligarme a renunciar o disculparme.
Su rostro cambió.
—Mariana, no exageres.
—Ya me pidieron que pidiera perdón por intentar “robar” a mi propio esposo. Creo que exageraron antes que yo.
Salí de la sala.
En el elevador llamé a mi abogado.
—Presenta todo.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Aquella noche reuní cada prueba.
El acta de matrimonio.
Los mensajes de Mauricio desde su supuesta estancia en Alemania.
Las fotografías que Daniela había publicado durante los últimos meses donde, aunque Mauricio nunca aparecía completamente, podían verse su reloj, su mano o su automóvil.
Los registros que demostraban que jamás había salido del país.
Los mensajes del grupo del proyecto donde Daniela pedía que me reemplazaran.
El correo de Arturo solicitándome que ofreciera disculpas.
Y algo todavía más doloroso:
mis conversaciones con Mauricio durante la enfermedad de mi padre.
“Por favor, vuelve. Papá pregunta por ti.”
“No puedo dejar todo por esto.”
Leí esa respuesta más de diez veces.
Ya no lloré.
Al día siguiente entregué el informe al área jurídica y a recursos humanos.
La investigación comenzó de inmediato.
No porque yo tuviera una vida personal perfecta.
Sino porque una clienta había utilizado una relación privada para intentar apartar profesionalmente a la responsable de un contrato, mientras la propia dirección había exigido una disculpa sin investigar los hechos.
Daniela fue retirada temporalmente de las negociaciones por su organización mientras revisaban lo sucedido.
Arturo tuvo que explicar por qué había pedido que yo asumiera públicamente una culpa que no estaba demostrada.
Y Laura, una compañera que había difundido en la oficina que “la viuda Mariana perseguía hombres comprometidos”, recibió una advertencia formal.
Cuando me encontró en el pasillo, estaba llorando.