Si quería saber por qué evitaba videollamadas desde “Alemania”, silencio.
Si hablaba de mi padre, silencio.
No negaba.
No confesaba.
Solo esperaba que el tiempo resolviera sus problemas.
—Firma —le dije.
Mauricio miró la demanda.
—No quiero divorciarme.
Daniela soltó una carcajada amarga.
—¿Después de decirme que nos comprometeríamos?
Él se volvió hacia ella.
—Daniela, yo…
—No. Contéstale a tu esposa. ¿Por qué no quieres divorciarte?
Mauricio apretó los dientes.
—Porque todavía la amo.
Durante un segundo nadie habló.
Yo casi sentí pena por él.
Casi.
—No me amas —respondí—. Te doy seguridad.
Frunció el ceño.
—Eso no es cierto.
—Claro que sí. Cuando tenías que elegir entre acompañarme en la muerte de mi padre o continuar con tus asuntos, elegiste tus asuntos. Cuando apareció Daniela y te hizo sentir necesario, elegiste a Daniela. Y ahora que ella sabe la verdad y tu mentira se derrumbó, vuelves a elegirme a mí. No amas a ninguna de las dos. Te amas a ti mismo y escoges a la persona que en cada momento te resulta más cómoda.
Mauricio se quedó inmóvil.
Daniela giró el rostro.
Sus lágrimas siguieron cayendo, pero ya no lo defendió.
Entonces Teresa cambió de objetivo.
—Mi hija también fue engañada.
—Nunca he dicho lo contrario.
—Entonces ayúdala. Declara que ustedes estaban separados.
—No lo estábamos.
—Pero iban mal.
—Eso no convierte una mentira en verdad.
—¿Quieres destruirle la vida?
Sentí que la sangre me subía al rostro.
—¿Yo?
Saqué mi teléfono.
—Ayer su hija pidió formalmente que me retiraran del proyecto porque, según ella, yo tenía una conducta inapropiada con su novio. Después ustedes llegaron aquí y me acusaron frente a mis compañeros. Ahora que descubrieron que ese hombre era mi esposo, quieren que sea yo quien mienta para proteger su reputación.
Daniela cerró los ojos.
Teresa insistió:
—Acaba de enterrar a su padre.
—Yo enterré al mío hace un año.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
—Lo hice prácticamente sola. Organicé el hospital, pagué cuentas, elegí el ataúd y recibí a familiares mientras mi esposo decía que tenía trabajo. Mi padre murió preguntando por Mauricio. ¿Sabe qué hice yo? Le mentí. Le dije que Mauricio venía en camino para que pudiera morir tranquilo.
La sala quedó completamente callada.
Miré a Mauricio.
—Ese día tuviste una oportunidad.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mariana…
—Cuando mi padre preguntó por ti, todavía quería creer que llegarías por esa puerta. Esa fue tu última oportunidad. Daniela no destruyó nuestro matrimonio. Solo me enseñó con claridad algo que yo llevaba un año evitando aceptar.
Guardé los documentos.
—Mi matrimonio terminó la noche que mi padre murió.
Mauricio comenzó a llorar.