Llegué al funeral de un cliente y reconocí enseguida al hombre que llevaba tres meses diciéndome que estaba en el extranjero: era mi esposo, con una flor blanca y presentado ante todos como el futuro marido de otra mujer. “No es lo que parece”, murmuró. Yo solo sonreí, guardé el teléfono con nuestras conversaciones y esperé, porque al día siguiente serían ellos quienes vendrían a acusarme públicamente.

Me fui.

Días después supe que Teresa había ido a la empresa de Mauricio.

Exigió explicaciones, contó delante de sus superiores que él había declarado estar trabajando fuera del país mientras pasaba semanas enteras acompañando a su familia y afirmó que había engañado a Daniela haciéndoles creer que era soltero.

La compañía abrió su propia investigación.

No perdió su empleo inmediatamente, pero perdió el puesto que esperaba obtener y quedó fuera de dos proyectos importantes.

Según amigos en común, Mauricio repetía que todo se había salido de control.

Eso me confirmó algo.

Todavía pensaba que su verdadero problema no era haber mentido.

Era que lo habían descubierto.

Un mes después aceptó firmar el divorcio.

Nos encontramos únicamente para cerrar el convenio.

Antes de poner su nombre, levantó la mirada.

—Si Daniela nunca hubiera aparecido, ¿seguiríamos juntos?

Pensé unos segundos.

—Probablemente sí.

Sus ojos brillaron con una esperanza absurda.

Entonces terminé:

—Y ésa es la parte más triste. Habría seguido casada contigo porque todavía no había tenido el valor de aceptar que nuestro matrimonio había terminado.

La esperanza desapareció.

—Entonces ella sí nos destruyó.

Negué.

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