La palabra que no podía dejar de pensar era llave.
Y cuando preguntó si la lesión antigua también había sido causada por Teresa, Valeria dejó de mirar hacia él.
Apretó la sábana.
Entonces empezó a contarle lo que llevaba seis semanas escondiendo.
Seis semanas antes, Daniel había tenido que cubrir un turno extra en la empresa de logística donde trabajaba.
Teresa había entrado a la casa utilizando la llave de emergencia.
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Valeria estaba preparando el cuarto de la bebé.
Había estado acomodando la cuna, la ropa y otras cosas que necesitaban antes del nacimiento.
Teresa empezó a criticarlo todo.
La cuna estaba mal colocada.
La pintura no le gustaba.
La ropa no era la adecuada.
Incluso cuestionó el nombre que Daniel y Valeria habían elegido para su hija.
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La discusión avanzó desde el cuarto hasta el pasillo.
Y allí, según Valeria, Teresa la empujó contra un mueble.
Después le dijo que si no podía soportar un empujón, tampoco iba a soportar ser madre.
Valeria no se lo contó a Daniel.
No porque no hubiera ocurrido.
Sino porque Teresa había encontrado la forma de hacer que el silencio pareciera más seguro que hablar.
Le dijo que nadie le creería.