Revisó su teléfono.
Encontró el mensaje de Diego.
«Si de verdad me amas, no vas a preguntar cuánta sangre necesitan. Solo hazlo por mí».
Lo leyó otra vez.
Ahora aquella frase sonaba distinta.
No como una petición.
Como una condición.
Si me amas, obedeces.
Si preguntas, fallas.
Si dudas, eres egoísta.
Si corres a ayudarme, ganas otra ronda.
Valeria dejó el teléfono sobre la cama.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentó justificarlo.
No pensó en lo que Diego podía estar sintiendo.
Pensó en lo que ella había hecho.
Había entregado sangre por alguien que no la necesitaba.