ahora los protegía con el cuerpo entero.
Lucía se acercó a un cajón viejo de madera.
Lo abrió.
Sacó una pulsera diminuta de hospital.
La colocó sobre la mesa.
—Él fue el que casi no lo logra —dijo, señalando al pequeño que había corrido hacia Mateo en el campo.
Mateo tomó la pulsera.
Era demasiado pequeña para imaginarla alrededor de una muñeca humana.
La sostuvo entre dos dedos mientras miraba al niño.
—¿Qué pasó?
Lucía respiró hondo.
El embarazo había sido complicado desde el principio. Cuando descubrió que esperaba tres bebés, no tuvo tiempo de pensar en la sorpresa ni en la felicidad que alguna vez había imaginado compartir con Mateo. Primero tuvo que pensar en cómo pagar las consultas, cómo seguir trabajando y cómo evitar que las deudas terminaran por llevarse lo poco que tenían.
Y Mateo ya no estaba.
Se había ido con la promesa de