Ahora podía ver el ordenador, los cajones y los objetos que la rodeaban. Y, sobre todo, podía comprobar por sí misma lo que Álvaro le había contado.
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El mensaje de su padre seguía ocupando sus pensamientos. «Sofía, seguimos buscándote». No era una despedida ni una comunicación antigua que hubiera perdido sentido. Era una frase que contradecía directamente una de las historias más dolorosas que Álvaro le había repetido: que su familia había dejado de buscarla y que su padre había muerto.
¿Cómo podía estar vivo un hombre al que ella llevaba años creyendo muerto? ¿Por qué su marido le había ocultado algo semejante?
Y todavía quedaba Nicolás.
El niño de seis años que había empujado a Sofía por la escalera de mármol no se parecía a ella. Sus rizos oscuros, sus ojos y aquella pequeña hendidura en la barbilla le recordaban demasiado a Martina, la hermana viuda de Álvaro. Una mujer que llevaba años instalada en la casa con la explicación de que su presencia facilitaría los cuidados de Sofía.
La semejanza podía ser una coincidencia. Sofía lo sabía. Por eso había solicitado la prueba de ADN en lugar de convertir una sospecha en una acusación.
Sin embargo, la reacción de Álvaro en la escalera no había sido una simple impresión. Cuando ella cayó, él corrió hacia Nicolás, lo abrazó y le revisó los brazos antes de mirar a su esposa. Después, al escuchar que podía ver, su rostro había revelado un miedo que no logró ocultar.
Sofía recordó también las palabras que había oído antes de recuperar la vista.
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—Mañana habrá terminado todo.
No sabía exactamente a qué se refería Álvaro. Podía tratarse de una conversación sobre asuntos domésticos, una decisión relacionada con Nicolás o algo que todavía no alcanzaba a comprender. Pero, después de leer el correo de su padre, aquellas palabras adquirieron un significado mucho más inquietante.