Parte 3 — La verdad que nunca debí conocer
Corrimos por un estrecho pasadizo que parecía no terminar nunca.
Yo apenas podía respirar.
No sabía adónde íbamos.
No sabía quién nos perseguía.
Y, sobre todo, no sabía si podía confiar en Andrés.
Pero había algo que tenía claro.
Quería saber la verdad.
Después de cinco meses de vivir creyendo que mi esposo estaba muerto, ya no podía soportar otra mentira.
Llegamos a una pequeña escalera.
Andrés abrió una trampilla y salimos a un patio abandonado.
La noche había caído sobre la ciudad.
Las luces de los edificios brillaban a lo lejos, indiferentes a todo lo que estaba ocurriendo.
—¿Dónde estamos?
—A unas calles de la casa.
—¿Mi casa?
Asintió.
—Tenemos que llegar antes que ellos.