—Aquí está toda la información.
—¿Información sobre qué?
—Sobre el dinero. Los contratos. Los nombres. Todo.
Lo miré.
—¿Y Andrés?
Mi esposo cerró los ojos.
—Andrés estaba trabajando para ellos.
Sentí un escalofrío.
—Pero me ayudó.
—Sí.
—Me salvó.
—Porque necesitaba que confiaras en él.
Entonces comprendí.
La puerta.
La casa.
Las fotografías.
El sobre con mi nombre.
Todo había sido preparado.
—¿Y la llamada?
Mi esposo me miró.
—Andrés sabía que vendrías.
—Entonces…
—Te estaba llevando exactamente hasta mí.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Por qué?
—Porque necesitaban saber si yo todavía estaba vivo.
El silencio cayó entre nosotros.
—Y ahora lo saben.
En ese momento, las luces de un automóvil iluminaron la calle.
Mi esposo tomó mi mano.
—Tenemos que irnos.
Esta vez no discutí.
Corrimos.