Cassandra no dijo nada.
Pero por primera vez desde que nos habíamos encontrado, dejó de mirarme como si yo fuera una amenaza.
La turbulencia volvió.
Luke tomó mi mano.
Fue un gesto pequeño.
Pero me dejó sin respiración.
Sus dedos eran diminutos.
Calientes.
Reales.
Mi hijo.
Un niño que había vivido dos años y ocho meses sin saber que yo existía.
Y yo había vivido exactamente el mismo tiempo sin saber que él existía.
La diferencia era que él no había elegido perderme.
Yo sí había elegido perder a Cassandra.
Y esa diferencia me perseguiría durante mucho tiempo.
Cuando aterrizamos en Denver, eran las 11:17 de la noche.
El trato de 780 millones de dólares seguía esperando.
Pero yo ya no estaba pensando en el trato.
Caminé por el pasillo detrás de Cassandra.
Luke corría unos pasos adelante.
Violet iba dormida en sus brazos.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Evelyn.
Esta vez contesté.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—En el avión.
—¿Ya aterrizaron?
Me detuve.
—¿Cómo sabes que aterrizamos?
Silencio.
Solo duró dos segundos.
Pero fue suficiente.
—Tengo seguimiento del vuelo corporativo.
—Este no es un vuelo corporativo.
Otro silencio.
—Damon, necesitamos hablar.
—Sí.
Miré a Cassandra.
—Pero no en Denver.
—¿Qué significa eso?
—Significa que el trato puede esperar.
—No puede.
—Acabo de descubrir que tengo dos hijos. Todo puede esperar.
Colgué.
Cassandra me miró.
—¿Qué dijo?
—Nada importante.
Ella sonrió amargamente.
—Eso dices siempre.
La frase me dolió.
Porque tenía razón.
En la zona de equipaje, Luke se quedó dormido sentado sobre una maleta.
Me agaché frente a él.
—¿Puedo?
Cassandra dudó.
Después asintió.
Lo levanté.
Pesaba menos de lo que imaginaba.
Apoyó la cabeza contra mi hombro.
Y entonces sentí algo que ninguna adquisición, ningún contrato y ninguna cantidad de dinero había conseguido darme.
Paz.
Una paz casi dolorosa.
Violet despertó poco después.
Me miró desde los brazos de Cassandra.
—¿Tú quién eres?
—Soy Damon.
—¿Eres amigo de mamá?
Cassandra abrió la boca.
Yo respondí antes.
—Lo fui.
Violet frunció el ceño.
—¿Y ahora?
Miré a Cassandra.
—Eso todavía lo estamos descubriendo.
Violet pareció aceptar la respuesta.
Luego estiró una mano hacia mí.
—Dame el elefante.
Se lo pasé.
Ella lo abrazó.
—Gracias.
Dos palabras.
Y me di cuenta de que no sabía nada de ellos.
No sabía su comida favorita.
No sabía qué dibujos animados veían.
No sabía qué los hacía reír.
No sabía si tenían miedo de la oscuridad.
No sabía cómo dormían.
No sabía qué palabras habían dicho primero.
No sabía quién los había abrazado cuando estuvieron enfermos.
No sabía nada.
Pero quería saberlo todo.
El hotel estaba a quince minutos del aeropuerto.
Cassandra había reservado dos habitaciones.
Yo reservé otra.
No quería invadir su espacio.
No todavía.
Antes de que Cassandra entrara en su habitación, la detuve.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Estás segura de que son míos?
Su expresión se volvió fría.
—Sí.
—No lo pregunto porque dude de ti.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque necesito entenderlo.
Ella me miró durante varios segundos.
—Hice una prueba de ADN.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cuándo?
—Antes de que nacieran.
—¿Con quién?
—Con material que conservábamos de aquella época.
—¿Y?
—Compatibilidad del 99,99 por ciento.
Asentí.
No necesitaba más.
—Quiero hacer otra.
Ella pareció ofenderse.
—Damon…
—No para demostrar que mentiste.
—Entonces, ¿para qué?
—Para tener algo legal. Para protegerlos.
Cassandra bajó la mirada.
—No confío en tu familia.
—Yo tampoco sé si confío en ellos.
—Tu padre nunca me quiso.
—Mi padre murió hace cuatro años.
—Lo sé.
La miré.
—¿Qué significa eso?
Cassandra palideció.
—Nada.
—Cassandra.
Ella negó con la cabeza.
—No esta noche.
—¿Qué sabes de mi padre?
—Más de lo que debería.
Y entró en la habitación.
La puerta se cerró.
Me quedé en el pasillo.
Entonces entendí que los hijos no eran el único secreto.
A las 12:03 de la madrugada, recibí un correo.
Remitente: departamento jurídico de Prescott Technologies.
Asunto:
“Urgente: transferencia de control.”
Abrí el archivo.
Había tres páginas.
La primera mostraba una serie de movimientos financieros.
La segunda, autorizaciones internas.
La tercera contenía una firma digital.
La mía.
Solo que yo no había firmado nada.
La operación transfería temporalmente el control de una parte importante de mis acciones a una sociedad que no reconocía.
Leí el nombre.
Prescott Family Holdings.
Mi familia.
Mi padre había creado esa sociedad años antes.
Pero según los documentos, la estructura seguía activa.
Y alguien había utilizado una cláusula de sucesión que yo nunca había visto.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez era Evelyn.
Contesté.
—Damon.
—Habla.
—No puedes confiar en Cassandra.
—¿Por qué?
—Porque ella desapareció con información que pertenece a la empresa.
Me quedé callado.
—¿Qué información?
—Información relacionada con la plataforma neonatal de Merritt Systems.
El aire pareció desaparecer.
La adquisición que había perseguido durante nueve meses.
La plataforma que podía revolucionar el cuidado neonatal.
La misma tecnología que yo había relacionado con la muerte de mi hermana.
—¿Qué tiene Cassandra que ver con Merritt?
Evelyn no respondió.
—¿Evelyn?
—Damon, vuelve a Portland.
—No.
—Es importante.
—Tengo dos hijos que no conocía.
—Precisamente.
—¿Qué quieres decir?