Miré el mensaje otra vez.
“No hables con Cassandra en el avión. No firmes nada hasta Denver.”
No había firma.
No hacía falta.
Reconocía el número.
Era de Evelyn Marsh, mi asistente ejecutiva.
La mujer que llevaba seis años organizando mi vida con una precisión casi militar.
La mujer que sabía dónde estaba cada contrato antes de que yo preguntara.
La mujer que conocía mis contraseñas corporativas, mis reuniones, mis vuelos y, hasta esa noche, yo habría jurado que también conocía mis prioridades.
Pero había una cosa que nunca había sabido de mí.
Yo no tenía hijos.
O eso había creído.
Apagué la pantalla.
—¿Quién es? —preguntó Cassandra.
—Mi oficina.
Su expresión cambió.
—¿Ellos sabían?
No respondí.
Porque la pregunta correcta no era si ellos sabían.
Era cuánto tiempo llevaban sabiendo.
Miré a Luke.
Estaba coloreando la parte trasera de una revista con el mismo crayón rojo que había rodado hasta mi zapato.
Violet dormía contra el hombro de Cassandra, abrazada a su elefante.
Mis hijos.
La palabra seguía siendo demasiado grande para mi cabeza.
Mis hijos.
—¿Cómo se llaman completos? —pregunté.
Cassandra levantó la mirada.
—Luke Hayes Prescott.
Sentí algo extraño en el pecho.
Prescott.
Había puesto mi apellido en un niño que yo ni siquiera sabía que existía.
—Y ella es Violet Hayes Prescott.
Miré a la niña.
Tenía una pequeña marca de nacimiento detrás de la oreja izquierda.
Recordé algo.
Mi madre tenía exactamente la misma.
Yo también.
—¿Cuántos años tienen?
—Dos años y ocho meses.
Cerré los ojos.
Dos años y ocho meses.
La cuenta era demasiado exacta.
Recordé aquella noche.
La última noche con Cassandra.
Habíamos discutido durante horas.
Yo había recibido una llamada de un inversionista de Nueva York en mitad de la cena y contesté.
Ella me pidió que colgara.
No lo hice.
Después me dijo que estaba cansada de competir contra una empresa.
Yo le dije que no entendía lo que estaba en juego.
Ella respondió:
—No, Damon. El que no entiende lo que está en juego eres tú.
Aquella frase me había enfurecido.
Me fui.
Nunca regresé.
Dos semanas después, mi empresa cerró su primera ronda importante de financiación.
Yo celebré con champán.
Cassandra había desaparecido de mi vida.
Eso era lo que creía.
—¿Por qué viajabas a Denver? —pregunté.
—Por Navidad.
—¿Vas a vivir allí?
—No. Mi hermana vive en Denver. Vamos a pasar las fiestas con ella.
Miré por la ventana.
Las luces debajo del avión parecían pequeñas estrellas.
—¿Y tú?
Cassandra soltó una risa sin humor.
—Yo no estaba planeando encontrarte.
—Pero me encontraste.
—Sí.
—¿Sabías que iba en este vuelo?
—No.
Entonces algo en su voz me hizo mirarla.
No estaba mintiendo.
Cassandra siempre había sido terrible mintiendo.
—¿Por qué nunca insististe?
Su rostro se endureció.
—Insistí.
—¿Cuántas veces?
—Más de veinte.
Me quedé inmóvil.
—¿Veinte?
—Cartas. Correos. Llamadas. Una vez fui personalmente a tus oficinas.
—Nunca me dijeron nada.
—Lo sé.
—¿Quién te atendió?
Cassandra dudó.
—Evelyn.
Sentí un escalofrío.
—¿Evelyn te atendió?
—Sí.
Luke levantó la cabeza.
—Mamá.
—¿Sí, cariño?
—¿El señor enojado es papá?
Cassandra cerró los ojos.
No pudo responder.
Yo tampoco.
Luke me miró.
No había miedo en su rostro.
Solo curiosidad.
—¿Eres mi papá?
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Me incliné para quedar a su altura.
—Creo que sí.
Luke sonrió.
—¿Sabes dibujar dinosaurios?
Solté una pequeña risa.
—No muy bien.
—Yo sí.
—Entonces tendrás que enseñarme.
Luke asintió con solemnidad.
—Está bien.
Cassandra me observó.
Había lágrimas en sus ojos.
—No hagas promesas.
La miré.
—No estoy haciendo una promesa.
—Entonces, ¿qué haces?
Miré a Luke.
Después a Violet.
—Estoy intentando aprender quiénes son.