Mauricio sonrió.
—Mariana.
Ella se quedó quieta.
—Tenemos que hablar.
Gonzalo cerró los ojos inmediatamente.
Mauricio entró.
—Hoy encontré algo curioso.
Mariana sintió que el teléfono escondido en su bolsillo parecía pesar una tonelada.
—¿Qué cosa?
Mauricio señaló al bebé.
—Tu hijo.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué pasa con él?
Mauricio sonrió.
—Nada.
Hizo una pausa.
—Todavía.
Mariana comprendió que ya no estaba intentando intimidarla.
Estaba amenazándola.
Entonces, desde la cama, Gonzalo movió lentamente un dedo.
Una vez.
Mariana entendió el mensaje.
Había llegado el momento.
No de esconderse.
Sino de hacer que todos escucharan la verdad.
Mariana sacó el teléfono.
—Antes de que sigamos hablando, quiero que sepan algo.
Mauricio dejó de sonreír.
—¿Qué?
Mariana pulsó la pantalla.
La grabación comenzó a reproducirse.
La voz de Mauricio llenó la habitación.