El millonario que todos creían moribundo despertó en secreto y descubrió quién estaba intentando matarlo

Pasaportes.

Contratos.

Un dispositivo de almacenamiento.

Y un sobre con una nota escrita a mano.

Mariana lo abrió.

Solo había una frase.

“Si estás leyendo esto, significa que no pude protegerme solo.”

Debajo aparecía el nombre de un abogado.

Y un número telefónico.

Mariana llamó.

El abogado respondió después de tres tonos.

—¿Quién habla?

—Soy Mariana.

—¿Dónde está el señor Alcázar?

Ella miró a Gonzalo.

—Aquí.

Hubo silencio.

—¿Está consciente?

—Sí.

La respiración del abogado cambió.

—Entonces escúcheme con atención.

Mariana sostuvo el teléfono con ambas manos.

—¿Qué está pasando?

—El señor Alcázar sospechaba que alguien estaba manipulando su tratamiento desde hace semanas.

—¿Quién?

—Eso todavía no lo sabemos.

Mariana miró hacia la puerta.

—Yo creo que es Mauricio.

—¿Tiene pruebas?

—Tengo una grabación.

—No haga nada más.

—¿Por qué?

La voz del abogado bajó.

—Porque si Mauricio sospecha que Gonzalo está consciente, no intentará esperar cinco días.

Mariana sintió un escalofrío.

—¿Qué hará?

El abogado tardó unos segundos en responder.

—Acelerará el final.

La llamada terminó.

Mariana volvió junto a la cama.

Gonzalo la miraba.

Ella tomó su mano.

—Tenemos que sacarte de aquí.

Pero antes de que pudiera pensar en cómo hacerlo, escucharon pasos.

Muchos pasos.

Mauricio apareció en la puerta.

Detrás de él estaba el doctor Barragán.

Y dos hombres de seguridad.

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