Por eso no os escribo para acusaros.
También os pido perdón.”
Patricia comenzó a llorar.
Roberto se cubrió la boca con una mano.
Daniel permanecía rígido.
La carta continuaba.
“Daniel:
Fuiste el mayor.
Cuando murió tu madre intentaste convertirte en el hombre de la familia demasiado pronto.
Yo permití que lo hicieras.
Te llevé conmigo a reuniones, te enseñé balances y negocios y te felicité cada vez que eras duro.
Después me sorprendí cuando te convertiste en un hombre que pensaba que todo podía resolverse controlándolo.
Te enseñé a ganar.
Olvidé enseñarte cuándo dejar de luchar.”
Por primera vez, vi cambiar la expresión de Daniel.
No era rabia.
Era dolor.
Seguí leyendo.
“Patricia:
Siempre buscaste mi aprobación.
Y yo fui demasiado torpepara comprenderlo.
Cada regalo que te hice fue una conversación que no tuvimos.
Cada cheque fue un abrazo que llegué demasiado tarde para darte.
Espero que algún día puedas perdonarme.”
Patricia bajó la cabeza.
“Roberto:
Tú intentaste mantenerte fuera de nuestras peleas.
Pero guardar silencio cuando sabes que algo está mal también es una elección.
Espero que la próxima vez encuentres el valor para hablar antes de que sea demasiado tarde.”
Roberto cerró los ojos.
Entonces llegué al último párrafo.
“Os dejo dinero suficiente para empezar de nuevo, pero no suficiente para no necesitar nunca un propósito.
Lo demás pertenece a personas que necesitan una oportunidad.
Si eso os parece injusto, quizá todavía no habéis entendido nada.
Si algún día queréis honrarme, no pongáis mi nombre en un edificio.
Id a uno de los centros de la Fundación Elena.
Sentaos junto a alguien que no tenga familia.
Escuchad su historia.para comprenderlo.
Cada regalo que te hice fue una conversación que no tuvimos.
Cada cheque fue un abrazo que llegué demasiado tarde para darte.