A los 78 años me casé con un hombre rico para proteger sus últimos días

Además, el informe médico utilizado contra él quedó bajo investigación.

La Fundación Elena sobreviviría.

Los ciento cuarenta y ocho millones serían transferidos según las instrucciones de Harrison.

Pensé que aquello significaba que todo había terminado.

Pero al salir del tribunal, Patricia me alcanzó en las escaleras.

—Isabel.

Me volví.

Tenía algo en la mano.

Era otro sobre.

—Encontré esto entre lascosas de papá.

—¿Por qué no se lo diste a Álvaro?

—Porque no está dirigido a él.

Me lo entregó.

En el frente estaba escrito:

“Para mis hijos. Solo Isabel puede decidir si deben leerlo.”

Miré a Patricia.

Después miré a Roberto, que esperaba unos metros más atrás.

Daniel ya se había marchado.

—¿Sabes qué contiene?

—No.

Guardé el sobre en mi bolso.

Aquella noche regresé a nuestra antigua suite.

Me senté frente al tablero de ajedrez y coloqué el sobre junto a la reina blanca.

Habíamos ganado la batalla legal.

Pero mientras observaba la letra de Harrison comprendí que él nunca había querido una guerra.

Quería algo mucho más difícil.

Quería saber si, después de perder aquello que más deseaban, sus hijos serían capaces de convertirse nuevamente en una familia.

Y ahora, de alguna manera, me había dejado a mí la decisión de darles esa última oportunidad.

Durante todala noche dejé el sobre sobre la mesa.

Podía haberlo abierto inmediatamente. Harrison me había dado ese derecho. Sin embargo, cuanto más miraba aquellas palabras —“Solo Isabel puede decidir si deben leerlo”—, más comprendía que aquello no era otra prueba legal.

Era algo personal.

A la mañana siguiente llamé a Patricia.

—Quiero que tú y tus hermanos vengáis mañana a las cuatro.

Hubo un silencio.

—¿También Daniel?

—Especialmente Daniel.

—No creo que venga.

—Entonces dile que el sobre seguirá cerrado para siempre.

Los tres llegaron.

Patricia fue la primera. Roberto apareció pocos minutos después. Daniel llegó el último, vestido con el mismo traje oscuro que había llevado al tribunal.

No saludó.

Se quedó de pie junto a la puerta.

—¿Qué quieres?

Señalé las tres sillas frente a mí.

—Sentaros.

Daniel sonrió con desprecio.

—Ya hemos perdido. La fundación tiene el dinero. Tú tienes el control. ¿Qué más quieres de nosotros?—Nada.

Aquella respuesta pareció desconcertarlo.

Saqué el sobre.

Patricia reconoció inmediatamente la letra de su padre.

Daniel también.

—¿Qué es eso?

—La última carta que Harrison dejó para vosotros.

Daniel avanzó.

—Dámela.

Puse una mano encima.

—No.

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