—Quiero conocer a su hijo.
Y Valeria todavía no imaginaba que aquel “sí” acabaría destrozando todas las certezas que tenía sobre su cuerpo, su pasado y el hombre al que había amado durante ocho años.
PARTE 2
Alejandro Alcázar no se parecía en nada a su padre.
Era reservado, delgado y educado hasta el extremo. Durante su primera conversación apenas sostuvo la mirada de Valeria.
—Mi papá cree que puede solucionar la vida de todos —admitió—. Pero no quiero obligarte a nada.
Aquella sinceridad fue precisamente lo que convenció a Valeria.
Se casaron civilmente semanas después, sin fiesta, sin fotografías y sin promesas románticas. El acuerdo era sencillo: compartirían domicilio, conservarían sus espacios y jamás se exigirían aquello que los médicos les habían dicho que no podían tener.
Al principio parecían dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo.
Después comenzaron los pequeños gestos.
Valeria dejaba café preparado antes de salir. Alejandro le compró pan dulce cuando sabía que trabajaría hasta tarde. Él comenzó a visitar su taller y observó fascinado cómo ella restauraba el manuscrito que Renata había dañado.
Una tarde señaló la mancha que había quedado en el ala del águila.
—No pudiste borrar completamente la herida.
-No.
—Entonces no la borres. Sobrevivir también deja marcas.
Aquella frase cambió algo entre ellos.
Tres meses después de la boda, durante una noche de lluvia, hablaron hasta la madrugada sobre todo aquello que nunca confesaban. Alejandro le contó que llevaba meses sometiéndose a un tratamiento experimental para intentar recuperar la producción de espermatozoides.
—Las probabilidades son muy bajas —aclaró—. No quiero hacerme ilusiones.
Valeria le tomó la mano.
Por primera vez se besaron.
Y aquella noche dejaron de ser solamente dos personas protegidas por un contrato.
Sin embargo, ninguno quiso hablar al día siguiente de lo ocurrido.
Dos meses después, Valeria comenzó a vomitar todas las mañanas.
Pensó que era estrés hasta que notó el retraso menstrual.
Compró tres pruebas.
Las tres fueron positivas.
En una clínica privada, la ginecóloga permaneció varios segundos observando el ultrasonido.
—Valeria… estás embarazada.
Ella comenzó a llorar.
La doctora sonrió.
—Y hay algo más. Son tres.
Valeria sintió que el piso desaparecía.
Trillizos.
La mujer declarada prácticamente estéril estaba embarazada de trillizos y su esposo llevaba años creyéndose incapaz de engendrar.
Aquello no era una alegría sencilla. Era una bomba.
Antes de hablar con Alejandro, Valeria buscó al doctor Ernesto Valdés, el especialista que había firmado su diagnóstico original.
Colocó ambos estudios sobre su escritorio.
—Explíqueme cómo una mujer “incapaz de concebir” termina embarazada.
El médico comenzó a hablar de errores estadísticos y casos excepcionales.
Hasta que Valeria mencionó a Rafael Alcázar y dijo que solicitaría formalmente todo su expediente.
Valdés perdió el color del rostro.
—Yo… modifiqué el informe.
Valeria quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tus estudios mostraron un problema tratable. Nunca significaron esterilidad definitiva.
— ¿Quién le pidió cambiarlo?
El médico cerró los ojos.
—Teresa Cárdenas.
Valeria sintió humo.
Teresa había pagado para convertir un problema médico solucionable en una sentencia. Quería sacar a Valeria de la vida de Mauricio para acercarlo a Renata ya la poderosa familia de ella.
Cuando Valeria se enfrentó a Mauricio en su oficina, él no pudo mirarla a los ojos.
—¿Lo sabías?
—No desde el principio.
Aquella respuesta fue suficiente.
Mauricio había descubierto la mentira después… y decidió callar porque el matrimonio con Renata impulsaba su carrera.
Valeria salió del edificio temblando.
Alejandro la esperaba afuera.
Había escuchado parte de la discusión.
Horas después, dentro del automóvil, Valeria se puso el ultrasonido en sus manos.
—Estoy embarazada.
Alejandro observó los tres pequeños sacos gestacionales.
—¿De cuánto tiempo?
—Nuevas semanas.
Su rostro se duró.
—Valeria… yo tengo azoospermia.
—Estuvimos juntos.
—Una vez. Y mi último estudio seguía siendo terrible.
Entonces apareció en sus ojos algo que Valeria nunca había visto: miedo convertido en desconfianza.
—¿Son de Mauricio?
La pregunta le dolió más que todos los insultos de Teresa.
Valeria abrió la puerta del automóvil.