Pero Renata no quiso escuchar explicaciones.
—¡No pudiste darle hijos y ahora tampoco soportas verlo feliz!
En un arrebato, tomó el vaso donde Valeria limpió sus pinceles y arrojó el agua sobre el manuscrito colonial.
El pigmento rojo comenzó a correrse ante sus ojos.
-¡No!
Valeria se lanzó sobre la mesa.
La puerta se abrió violentamente.
Rafael Alcázar estaba allí.
Miró el documento mojado, luego a Renata.
—Seguridad.
Renata palideció cuando entendió que acababa de dañar una pieza protegida.
Mientras dos guardias la acompañaban hacia la salida, Rafael se acercó a Valeria.
—¿Ya tomó una decisión?
Valeria contempló el águila herida del manuscrito.Después recordado a Teresa llamándola tierra estéril, a Mauricio guardando silencio y Renata destruyendo el trabajo al que había dedicado semanas.
Levantó la mirada.
-Si.
Rafael esperó.