Estaba restaurando un manuscrito colonial con la imagen de un águila herida cuando alguien tocó la puerta.
Era Rafael Alcázar, director general del instituto.
Un hombre de casi sesenta años cuya presencia bastaba para silenciar cualquier pasillo.
Observó durante unos segundos el manuscrito y luego la miró directamente.
—Me enteré de lo ocurrido en esa boda.
Valeria sintió vergüenza.
—Preferiría no hablar de eso.
—Yo sí necesito hablar contigo.
Rafael cerró la puerta.
—Mi hijo Alejandro tiene azoospermia. Durante años le dijeron que probablemente nunca podría ser padre.
Valeria creyó haber escuchado mal.
Entonces él añadió algo todavía más absurdo.
—Tú crees que eres estéril. Mi hijo cree que también lo es. Ninguno tendría que prometerle hijos al otro. Podrían casarse y dejar de vivir bajo el juicio de sus familias.
Valeria soltó una risa seca.
—¿Me está proponiendo casarme con un desconocido?
—Te estoy proponiendo conocerlo.
Tres días después, antes de que pudiera darle una respuesta, Renata apareció furiosa en su taller.
Mauricio le había enviado decenas de mensajes a Valeria desde la boda. Ella jamás respondió uno.