Una colega nueva comentó:
—Qué lástima que nunca pude eliminar esa marca.
Valeria sonríe.
—No es una lástima.
Pensó en Teresa, en Mauricio, en el falso diagnóstico, en aquella boda donde la llamaron tierra estéril y en los tres bebés que probablemente estaban en ese momento volviendo loco a Alejandro en casa.
Después miró nuevamente el ala dañada.
—Hay heridas que no necesitan desaparecer. A veces basta con que dejen de destruirte.
Aquella noche, cuando regresó, encontró a Rafael dormido en el sillón con uno de sus nietos sobre el pecho y Alejandro intentando alimentar a los otros dos al mismo tiempo.
La casa que había conocido como un lugar frío y silencioso estaba llena de pañales, juguetes, biberones y risas.
Valeria permaneció unos segundos en la puerta.
Durante años otros habían decidido cuánto valía según su capacidad para convertirse en madre.
Primero Mauricio.
Después Teresa.
Incluso ella misma había terminado creyendo aquella sentencia.
Pero sus hijos no eran la prueba de que finalmente tuviera valor.
Su valor había estado allí incluso cuando creía que jamás podría tenerlos.