VOLVÍ A MI CASA A LAS TRES DE LA MAÑANA Y ENCONTRÉ

de entrar, sin embargo, don Julián me preguntó algo extraño.
—¿Esperabas a alguien?
—No.
—¿Segura?
—Sí. ¿Por qué?
Miró hacia la esquina.
—Nada.Pensé que había visto el mismo coche pasar varias veces.
No le dimos importancia.
A la mañana siguiente llegó un cerrajero.
Mientras trabajaba, preparé una charola con enchiladas para llevársela a la familia de don Julián.
Fue entonces cuando su esposa, Verónica, salió.
—Qué bueno que ya arreglaste eso.
—Después del susto, no vuelvo a dejarlo pasar.
Nos reímos.
Don Julián estaba lavando su camioneta.
De repente dejó la manguera.
—Oye.
Se acercó a mi puerta.
—¿Eso estaba ahí anoche?
Señaló el piso.
Había una colilla de cigarro aplastada junto a una maceta.
—No sé.
—Yo no fumo.
El cerrajero tampoco le dio importancia.
—Pudo dejarla cualquiera.
Seguramente tenía razón.
Hasta que Verónica encontró otra.
Estaba junto al árbol desde donde se veía directamente mi entrada.

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