No recordaba haber escrito aquello.
Me senté en el suelo del dormitorio con la hoja en las manos.
Y lloré sin hacer ruido.
No por tristeza solamente.
También por gratitud.
Por todas las veces que mi padre creyó que no había sabido quererme, mientras yo, de niño, ya lo había entendido a mi manera.
Esa noche se la leí.
Él estaba en el sillón del salón, con una manta sobre las piernas.
Al principio parecía distraído.
Pero cuando escuchó lo de las tortillas quemadas, soltó una risa pequeña.
“Es que se me pegaban siempre”, dijo.
Seguía allí.
A ratos perdido.
A ratos entero.
A ratos mi padre volvía como vuelve una canción antigua cuando alguien tararea el principio.
Yo aprendí a no exigirle permanencia.
Aprendí a recibirlo cuando aparecía.
Y a quererlo también cuando se marchaba un poco.
No voy a mentir.
Hubo días duros.