quedó dormido.
Yo salí al pasillo.
Las piernas me temblaban.
Ethan apareció.
—Está bien.
—Lo sé.
—Laura.
—Lo sé.
Empecé a llorar.
Ethan se acercó.
Se detuvo.
No me tocó.
—¿Puedo?
Aquella pregunta me rompió.
Asentí.
Me abrazó.
Y por primera vez en diez años me permití esconder el rostro en su pecho.
Olía distinto.
Pero también igual.
Memoria y presente.
Peligroso.
—Pensé que…
—Yo también.
—No podría…
—Lo sé.
Permanecimos así hasta que dejé de temblar.
Después me aparté.
—Esto no significa nada.
Ethan sonrió tristemente.
—Claro.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Mentíamos los dos.
Leo nos observaba más de lo que creíamos.
Dos semanas después, durante la cena, preguntó:
—¿Por qué no vuelven a casarse?
Casi escupí el agua.
Ethan dejó caer el tenedor.
—Leo.
—¿Qué?
—No preguntes eso.
—¿Por qué?
—Porque…
No encontré una explicación.
Leo miró a Ethan.
—¿Tú quieres?
Mi exmarido se quedó inmóvil.
—Eso