hasta un banco.
Se sentó.
Nunca lo había visto de aquella manera.
Durante nuestro matrimonio siempre parecía saber qué hacer.
Qué comprar.
Qué resolver.
Qué decisión tomar.
Ahora estaba perdido.
—¿Cómo se llama completo?
—Leo Alexander Bennett.
—Bennett.
Mi apellido.
—Sí.
—¿Sabe algo de mí?
—Sabe que su padre y yo nos separamos antes de que naciera.
—¿Eso es todo?
—Sabe que algún día le contaré más.
Ethan levantó la cabeza.
—¿Nunca le dijiste mi nombre?
—No.
—¿Por qué?
—Porque un niño pequeño no necesita crecer buscando en internet por qué su padre multimillonario aparece con otras mujeres mientras él no sabe si fue abandonado.
Ethan cerró los ojos.
—Dios.
—Nunca le dije que lo abandonaste.
—Porque no sabía que existía.
—Precisamente.
Me senté en el extremo opuesto.
—No quería que te odiara por algo que no habías elegido conscientemente.
Eso pareció dolerle todavía más.
—Pero tampoco quería construir unav