—Don Ramón, no se deje llenar la cabeza.
Ramón sostuvo su mirada.
—Déjala escribir.
Elena empezó a copiar cada fecha y cada cantidad relacionadas con ellos.
Vicente no dijo una palabra.
Afuera esperaban otras personas.
Cuando Elena terminó, cerró su libreta y se la entregó a su hijo.
No era una fortuna.
No era una prueba perfecta de todo lo ocurrido en el pueblo.
Pero por primera vez, la familia Salgado tenía ambos lados de la cuenta: lo que Vicente podía acreditar que había mandado y lo que Rogelio afirmaba haber entregado o descontado.
Durante los días siguientes, Vicente hizo algo menos espectacular que enfrentarse al comerciante y mucho más útil para sus padres.
Cambió la forma en que recibirían el dinero.
Ya no dependerían de que Rogelio viajara por ellos.
Vicente organizó sus propios envíos para que sus padres conocieran la cantidad exacta antes de cobrar y para que ningún descuento pudiera mezclarse con compras fiadas sin que ellos lo supieran.
Después revisó con Ramón cada deuda que sí reconocía.
No quiso borrar lo legítimo junto con lo dudoso.
—Si debemos algo, se paga —dijo Ramón.
Vicente asintió.
—Pero solo lo que de verdad deben.
Esa diferencia importaba.
Porque Vicente no había regresado para convertir a sus padres en personas dependientes de él de otra manera.
Había regresado pensando que podía solucionar diez años de distancia comprándoles una casa.
Ahora comprendía que una casa nueva no resolvería el problema principal si Elena y Ramón seguían sin controlar su propio dinero.
Una tarde, mientras revisaban las notas de la cocina, Elena le preguntó lo que nadie se había atrevido a preguntarle desde que llegó.
—¿De verdad te fue bien allá?
Vicente sonrió.
—Me fue bien.
—Rogelio dijo que regresaste igual de pobre.
—Eso creyó.
Ramón miró las botas gastadas de su hijo.
—¿Y no eres albañil?
Vicente soltó una risa corta.
—Sí soy. Solo que ahora también soy socio de la empresa.
Elena tardó unos segundos en entenderlo.
—¿Socio?
—Empezamos pocos. Fuimos creciendo.
—¿Y por qué no dijiste nada?
Vicente miró alrededor de la cocina.
—Porque quería ver cómo estaban antes de llegar hablando de dinero.
Su padre bajó la vista hacia la mesa.
—Entonces viste bastante.
—Sí.
Vicente había llevado consigo planes para comprarles una vivienda nueva casi de inmediato.
Pero decidió no hacerlo esa semana.
Primero repararon lo urgente.