Por un instante, los adultos se miraron. No eran una familia perfecta. Ni siquiera una familia completa. Eran personas intentando no seguir dañando a los niños con decisiones tomadas desde el orgullo.
Mariana subió a una pequeña tarima.
“Este lugar es para quienes alguna vez escucharon que no eran suficientes”, dijo. “Para quienes fueron medidos por su dinero, su apellido, su origen, su cuerpo o la idea ajena de lo que una vida debería ser.”
Miró a sus hijos. Luego a Sebastián. Después a Dolores.