Porque Gideon Sterling podía ser un hombre poderoso en los negocios.
Pero antes que eso era mi padre.
Rowan abrió la carpeta.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Su expresión perdió color.
—Esto no significa nada.
—Significa que durante un año usaste fondos de nuestra cuenta conjunta para pagar gastos que no tenían relación con nuestra familia.
Lo miré.
—¿Viajes?
Silencio.
—¿Regalos?
Más silencio.
Papá continuó:
—Y pagos a una persona llamada Selina.
Rowan levantó la cabeza rápidamente.
—No metas a mi madre en esto.
Lo miré fijamente.
Entonces entendí.
No era solo la fiesta.
No era solo el cumpleaños.
Había algo más.
—¿Mi dinero pagaba sus lujos mientras yo trabajaba embarazada?
Rowan abrió la boca.
Pero no salió ninguna respuesta.
Porque ya no podía esconderse detrás de excusas.
La puerta volvió a abrirse.
Una enfermera entró con unos documentos.
—Señora Sterling, necesitamos confirmar los datos del bebé.
Se detuvo al ver a Rowan.
Luego miró a Gideon.
—¿Familia?
Papá sonrió.
—Sí.
Miré a Leo dormido.
Mi hijo.
Mi pequeño.
El niño cuyo padre no llegó cuando nació.
Pero cuyo abuelo cruzó la ciudad de madrugada sin pensarlo.
La enfermera salió.
Rowan dio un paso hacia mí.
—Phoebe, por favor.
—¿Qué?
—Podemos arreglar esto.
Negué lentamente.
—No.
—Acabamos de tener un hijo.
Lo miré.
—Exactamente.
—Acabamos de tener un hijo.
—Y el día que nació, me enseñaste quién eras.
Sus ojos se llenaron de miedo.